Rusia, su rock y sus mercados

Rusia, su rock y sus mercados


Hace aproximadamente 2 años, viaje por primera vez al país más extenso del mundo, el cual durante casi 75 años fue sinónimo del comunismo, y bajo la bota de Stalin y su gran purga murieron más de 23 millones de personas. Un país único, duro, por historia, por clima, por su cultura y por su conglomerado de repúblicas que no tuvieron otra alternativa que ser parte del proyecto.

Aun en la actualidad, muchos añoran el sistema comunista donde uno iba al mercado y sabía exactamente que un pan de manteca valía los mismos 5 rublos en todos lados, incluso les resulta difícil entender que ya no sea así. Otros, los mas jóvenes, disfrutan los beneficios de la apertura económica reflejado en la facilidad de hacerse de tecnología y lujos diversos.

Los únicos dos puntos en común que comparten casi todas las generaciones, es que en los años dorados del comunismo (y lo dicen con un dejo de añoranza) su país se destacaba en artes, deportes, científicos, etc., y el otro ítem es el respeto por sus héroes caídos en combate, demostrando en cada homenaje una adhesión extraordinaria (el común popular, habla de 100 millones de vidas que se perdieron en la segunda guerra mundial, pese a que para los libros es solo la tercera parte). Respecto al primer punto, ya sea por un arrastre cultural o algún motivo que desconozco, casi cualquier chica que se te cruce baila ballet y/o toca un instrumento musical de manera admirable.

El hombre ruso promedio, en cambio, la mayor tradición que mantiene desde hace mas de cinco siglos es el consumo de vodka, con las excepciones de algunos que ampliaron su repertorio a bebidas de otras latitudes.

Volviendo a los mercados, mantengo intacto el recuerdo de la primera vez que visite uno de ellos: luego de un viaje en auto de casi media hora, y caminar casi 100 metros pateando nieve con la mano en los bolsillos y esquivando con la cabeza copos de nieve que atacaban con la cadencia que el viento imponía, me enfrente a una primera línea de verdulerías, donde casi la mitad de su oferta gastronómica eran productos encurtidos pero no envasados: cebollas, hojas de parra, manzanas, ajos.

En una segunda línea, pescaderías que redoblaban la apuesta al producto de mayor conservación: ahumados y/o salados en su gran mayoría y apenas una poca oferta de perecederos.

Mezclado entre estos puestos estaban los lácteos, nunca había visto tanta variedad de “smetana”, dentro de esa denominación podíamos encontrar desde un queso crema espeso, pasando por un queso cottage hasta una crema acida. Más de 20 variedades en cada barraca, todas de productos caseros y que las mujeres que los ofrecían los daban a probar y mientras uno degustaba esperaban impacientes un gesto de aprobación. el resto, quesos locales de diferentes calidades, miel de diversos tipos y por supuesto piñones, a un precio comparable al maní en buenos aires.

En el centro del mercado, las carnicerías. Es para destacar que el 90% de quienes atienden son mujeres (que a mi opinión son quienes mantuvieron y mantienen el país con su trabajo cotidiano sea en la casa, fabrica o restaurant, con una voluntad que dobla a la de los hombres). Iluso de mi, pensaba comprar cortes específicos de carne, pero cuando por intermedio de mi interprete, le explique lo que buscaba, la respuesta tan fría como el clima fue que podía pedir corte con hueso o sin hueso, mientras la señorita sostenía entre sus manos un hacha que imponía respeto y eliminaba cualquier respuesta reaccionaria de mi parte.

Volviendo al restaurant, mientras el limpiaparabrisas dispersaba la nieve que intentaba acumularse, en la radio sonaba el primer tema de rock en ruso que oí en mi vida.

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