Pasolini al plato

Pasolini al plato


Existen dos cosas que me fascinan de Italia, la primera y más evidente es su gastronomía, no es un gusto tan particular ya que no creo que exista alguien que pueda resistirse a la opulenta gastronomía de la bota. Mi segunda pasión puede sonar casi tan poco particular como la anterior porque si les digo que esa pasión es su cine lo más probable es que a esta altura hayan perdido el interés por la nota. Me gusta mucho el cine italiano pero no ese que todos conocen, me fascina particularmente el cine clase B, explotation y gore (violencia explícita extrema y en algunos casos absurda) de los años 70 y 80, directores como Mario Bava, Sergio Martino, Ruggero Deodato, el maestro Lucio Fulci, Umberto Lenzi, Darío Argento e incluso el pornógrafo Mario Salieri llenaron sus films de sangre, tripas e incluso escatología cómo lo hizo Pier Paolo Pasolini en lo que se considera una de las películas más extremas de la historia del cine: Saló o los 120 días de Sodoma. Si bien toda la película es un desfile de atrocidades existe una escena que la hizo famosa y es la escena en donde los protagonistas (adolescentes encerrados en un castillo de Saló para el deleite sádico de un grupo nazi) tienen prohibido defecar durante todo un día y obligados a tener un banquete coprófago al día siguiente, una clara metáfora sobre la comida industrial según dicen los que saben.
¿Por qué toda esta introducción sobre cine y excremento? Porque me siento como un personaje de la mencionada película cuando salgo a comer algo «sencillo», porque las paredes de algunos restaurantes me recuerdan a ese maldito castillo, los cocineros y restaurateurs a ese sádico grupo de nazis y nosotros los comensales somos como ese grupo de púberes vejados.
Los que me conocen saben que tengo predilección por las comidas simples, sabiendo también disfrutar de sabores más complejos, pero básicamente no busco que la comida cambie mi vida cada vez que la engullo. Un chori en un puesto de borrachos, unos fideos con pimienta y ajo, una «milanga», una falda vuelta y vuelta con un chimi bien preparado e incluso una humilde sopa de taba, cosas sencillas e infalibles. Soy un ferviente defensor de que un huevo frito bien hecho es un manjar incomparable.
La siguiente historia, si bien es reciente, no necesita ubicarse específicamente en ningún lugar del tiempo y el espacio, lo que la hace tan atemporal es que transcurre cada día en cualquiera de los cientos de restaurantes del país.
Ya habíamos esperado unos 15 minutos en la mesa de un restaurant sin que nadie se acerque siquiera a «escupirnos» una carta, nos levantamos y fuimos directo al segundo más «concurrido» de la zona en donde tuvimos un poco más de suerte con el servicio, yo tenía en mente lo que quería comer porque por un lado es algo que no falla y por otro quería una chanchada tan tradicional para los argentinos cómo el mate.
Milanesa de nalga a la napolitana con fritas a caballo pedí sin titubear un segundo, mi compañera destacó que en la forma que esas palabras salen de mi boca lo hacen lucir más tentador aunque yo no creo que sea así, es algo que es rico de solo imaginarlo. -¿La mila es grande?- pregunte, -Si, es inmensa.- respondió la mesera con una sonrisa en su rostro. Fueron también de la partida una porción de rabas, que entraban todas en un puño cerrado, y unos sorrentinos de verdura (que daba lo mismo si eran de verdura, carne de rata o caucho vulcanizado según comprobamos luego) con salsa boloñesa, la cual no pienso describir.
Luego de la efímera entrada de cuerpo de cefalópodo frito decorada con una tira de morrón asado, vinieron los principales. No sabría decirles la razón pero estando a dos metros de mis espaldas pude sentir a la mesera viniendo con mi comida, era como si un aura negra enviaba vibraciones oscuras desde las entrañas cocidas de la milanesa, ya a menos de 50 centímetros de mi mesa logre sentir un olor que me llevo a decir un pensamiento a viva voz -¡Esto es una mierda!- al mismo tiempo que el plato tocaba el mantel fue como si toda la gravedad de la tierra se posicionara sobre mi pecho y jalara mis facciones, mi cara y lo poco de buena onda que tenía hacia abajo. Empecé por las papas fritas, flácidas como el pene de un octogenario, hervidas en aceite (casi confitadas diría) cuando hincabas el tenedor brotaba la materia grasa como cuando pisas arena en la playa y sube el agua, luego de 4 o 5 bastones arranqué a comer el huevo con mi mente alerta diciéndome ¡Esto te va a caer mal gordo! Comí solo la mitad de uno de los dos y proseguí con la napolitana que estaba ahogada en salsa ácida de tomate, de la lata al plato y esa era toda la trazabilidad que tenía el producto, el apanado y la carne, que parecía hervida, eran dos polos opuestos o un ejemplo mejor aún eran como una suegra y un yerno, no había forma de que estén juntos, comí un cuarto de milanesa y aparte el plato indignado.
Podes tener un mal día y que las cosas salgan mal, se te quemen o por una cuestión de tiempo la mise en place no haya sido terminada, todo eso es entendible, no justificable pero entendible al fin, el problema es cuando tu estándar de calidad es tan bajo o casi nulo, porque veía que todos los demás platos que recorrían el salón salían clonados del mío, era como si un perverso Menguele a la inversa estuviese a cargo de esa cocina.
La mesera, tan dispersa e inocente (con el coeficiente intelectual de un minion), retira el plato y me dice con una mirada sin rumbo fijo -¡Viste que era grande, no la pudiste terminar!- a lo que le respondí -Por suerte no tenía tanto hambre cómo para terminarla- mientras ella sonreía y se alejaba alegremente.
Pero si tenía hambre y no sólo eso, también estaba re caliente, el flaco de la cocina que saco eso no tenía amor propio ni por el prójimo, para él era lo mismo tirar un cacho de carne en un plato que estar chupando mierda con un camión atmosférico, levantando una medianera o vendiendo chocolate «Jambler» a «dó por dié» en el San Martín.
Cómo cliente me indigna una situación así y como cocinero me enfurece, son cosas simples que uno las elige justamente por eso, por ser clásicos infalibles a la hora de sacarse el hambre y bien hechas, o al menos hecha cómo se debe, tienen el poder de llenar el estómago y el corazón.
Pero servir un plato así de violado es una falta total de amor y respeto por el trabajo, la profesión y el cliente, pensé en hacerle llegar a mi inquietud al dueño pero lo veía tras la barra tan complaciente, como si Redzepi le hubiera cocinado, comiendo vaya a saber qué cosa mediocre que le habían mandado de la cocina, que seguro estaba escupida o pasada vuelta y vuelta por las bolas del bachero, algo muy meritorio para un tipo que lleva adelante un lugar así. Por eso mi descarga iba a ser obsoleta, me veía venir una larga lista de excusas justificativas, nombres interminables de clientes «satisfechos» e incluso la trayectoria de los años que lleva el lugar abierto y yo me iba a terminar de calentar, iba a empezar a putear a los gritos, a repartir manotazos y romper lo que estuviera a mi alcance solo para armar un avergonzante espectáculo titulado por la crítica especializada del lugar como «El gordo boludo que no sabía comer y no quería pagar la cuenta por gil».
Después de todo ese show mental vuelvo a la realidad, pago la cuenta, dejo la propina (la pobre piba no tiene la culpa de tener los planetas desalineados) y me alejo de Saló, vejado, aturdido, enojado y masticando una flema de odio y resignación que fue mi único almuerzo decente aquel mediodía.

Saló [Escena escatólogica, abstenerse almas sensibles]

https://www.youtube.com/watch?v=3GVV7L66xh4

1 comentarios

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  1. 1
    Juan

    Coincido y me solidarizo. Me pasó algo parecido en un restaurante muy pipí-cucú de Pinamar. El/la cocinero/a no tenía ni la más remota idea de qué es y cómo se prepara una sencilla milanga a la napo con fritas.
    En fin, como dijo mi mujer, jodete por no pedir el salmón con sutil salsa de limón y no se qué pavadas más.
    En fin…

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