La mejor pizza del mundo!

La mejor pizza del mundo!


Argentinidad es una patología que afecta la percepción de la realidad sin tratamiento conocido a la fecha y que afecta a una gran parte de la población Argentina, quienes la sufren creen que todo lo que sale de nuestro país es lo mejor del mundo, aun habiendo pruebas que demuestran lo contrario, tal es el caso del fútbol, las carnes e incluso la pizza, de la cual hablaremos hoy. Dejo en claro que la pizza porteña me gusta mucho, no tengo drama de sentarme a discutir, cerveza mediante, cual es la mejor fugazzeta, quien tiene la mejor media masa o que faina es la más rica, tengo mis favoritas y también las que detesto, pero seamos razonables, hay mucha diferencia entre gusto y calidad.

Existen en Buenos Aires casas de pizza de más de 70 años de antigüedad, alimentadores de varias generaciones que siguen la tradición más por la memoria emotiva que por la calidad del producto, algo que sucede por ejemplo con el mítico alfajor quilmeño Capitán del espacio, un producto que tienen muchos defensores y detractores que en lo único en que pueden estar de acuerdo es que una de las cualidades de esa golosina es el fuerte recuerdo emotivo que genera. Emotividad muchas veces nada tiene que ver con la calidad, es como las milanesas de tu vieja que eran una cagada pero para vos nadie las hacía más ricas, un hecho que tuve la suerte de comprobar en muchas casas de mis amigos y la verdad que como las de mi vieja nunca encontré. Sigamos con la pizza, un producto hecho principalmente con agua, harina, tomate y queso. Si usan agua de Capital para preparar la masa estamos literalmente “en el horno”, super clorada y demasiado pesada cómo para un panificado; sigamos con la harina, pregúntale a cualquier panadero que quiera hacer buenos panes a ver que te dice sobre la harina que se consigue acá, ¡Ojo! No es mala (es ideal para tirarle a universitarios recién recibidos por ejemplo) pero tampoco olvidemos que estamos compitiendo por ser los “más mejores” del mundo; la salsa generalmente viene en lata hecha a base de tomate triturado, agua, zanahoria, conservantes y colorantes, más la “magia” que le pueda agregar el maestro pizzero (ajo, orégano, ají molido y pimentón ¿Que otro condimentos conocen los porteños?) ácida, acuosa y con un sabor lejano al de una salsa de tomate bien hecha.

La “musarela” (como la rebautizó el periodista gastronómico Vidal Bussi) es una institución aparte, una masa de consistencia dudosa y aceitosa, al punto de que se podrían freír papas sobre la pizza, y estamos hablando de las marcas líderes que se consiguen en el mundo pizzero. Ahora si yo digo que los ingredientes que la conforman son tan malos ¿Cómo pudieron ser tan populares todos estos años? Fácil, le ponemos mucho pero mucho, la cargamos hasta que explote, todo lo contrario a disimularlos sutilmente, los “escondemos” ante los ojos de todos. Así tenemos una pizza inmensa, pesada, desbordante de queso, con una masa de dudosa cocción al borde de estar cruda en algunos casos, llena de ingredientes malos con ganas. Y el porteño promedio contento, alegre de su palpitante masacote que parece no tener principio ni fin. Si la pedís para llevar que no sea a un lugar lejano, te quedas sin brazo o se te desfonda la caja a mitad de camino, lo bueno es que a estas pizzas le ponen muchos chirimbolos, como si fueran un ingrediente más, en el barrio apenas le ponen uno solo y de chicos éramos felices jugando con él ¡Imagínate la felicidad de los pibes que reciben una pizza porteña! Es como si Papá Noel sufriera Alzheimer y viniera varias veces el mismo día.

Hablemos sobre gustos, dicen por ahí las viejas sin paladar que sobre ellos no hay nada escrito (aunque si hay, de hecho hay muchísimo) y cuando pedís una pizza está pactado en toda la circunferencia del planeta Argentina que si pedís Napolitana la pizza va a venir cubierta de tomates frescos en algunos casos con ajo o perejil o ambos; si pedís Calabresa nuestro masacote vendrá recubierto por una capa de longaniza, en teoría, y algo de ají molido, los mismo sucederá si elegimos una “Especial” lo pactado socialmente será jamón cocido (o fiambre a base de cerdo y pollo para sándwiches, apto para el consumo humano) y morrón. Pero siempre existe algún disléxico culinario que creyéndose un revolucionario de la pizza le va a terminar poniendo algún ingrediente extra que nada tenga que ver con lo pactado. Así comí Calabresas que traían rodajas de tomate y morrón o Napolitanas con huevo rallado arriba ¡Huevo rallado hermano! Poneme festilindo y transpórtame a un cumpleaños de los 80’s que la última vez que me alegré de ver huevo duro rallado fue sobre una galletita de agua untada con picadillo en el cumple de algún compañerito de jardín. Y ya que andamos por los caminos de los sabores tenemos la nefasta pizza “de la casa” ¿Que tiene esta pizza que generalmente lleva el nombre de la pizzería? Exactamente todo lo que hay en la casa, ni más ni menos, un compendio de tomates, morrones, jamón, huevo duro, aceitunas, chirimbolos, longanizas, choclo, pollo, relleno de empanadas, palmitos, salsa golf, mostaza, kétchup y papas pai…todo, exactamente todo lo que encontraron en las heladeras del local. No puedo evitar preguntarme en que pensaba el que la “inventó” ¿Habrá estado orgulloso de su quimera pizzera o se habrá cagado de la risa? Porque más que pizza es un chiste pesado como los de Jorge Corona, es una pizza para pedir entre amigos, jugar apuestas, cagarse de la risa de los resultados y ver quien es más “poronga” para comerla con las manos sin ensuciarse, es algo que no debería tomarse en serio. Estoy totalmente de acuerdo con la revalorización de lo nuestro, de las pizzería clásicas, de los bodegones antiguos porque son lugares que alimentan miles de bocas, crean puestos de trabajo y son parte del lunfardo porteño pero de ahí a exaltar la berretada sin ninguna razón más que solo por ser abundante o por el nexo emotivo que nos pueda generar me parece una estupidez, al menos para mí que vivo de la gastronomía, lo puedo esperar de un tipo que vive de cualquier otra cosa y la gastronomía es solo un hobby que no le afecta en lo más mínimo, pero no de un colega que se esfuerza todos los días detrás de los fuegos, que busca la calidad, el producto y que a la hora de sentarse en una mesa reciba un plato al menos bien hecho. Entiendo que el sistema funciona a base de la ecuación “Más cantidad/menos calidad” y que dentro de esos parámetros podemos encontrar pizzas mejores que otras, pero de ahí para pensar que tenemos la mejor pizza del mundo o estamos en un mundo muy malo o jamás comimos una pizza como la gente (aunque decir “como la gente” no es el mejor ejemplo).

Todo esto me pasa por la cabeza cuando me clavo una porción de muzza de dorapa en El imperio/El palacio de la pizza, una fugazzeta en La Mezzetta o en Santa María mientras pienso ¡Gordo, Otra vez comiendo una pizza de mierda pero…que bien que la estás pasando!

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