Château Lafite en la tierra del dragón

Château Lafite en la tierra del dragón


La escena pertenece a un film del legendario Johnny To, una de esas películas filmadas en la factoría de Hong Kong y que tanto le gustan a Tarantino: rituales estilizados, escenas al ralentí, encuadres cerrados sobre objetos o rostros (“close up” dicen los entendidos), armas en las dos manos, violencia y objetos fetiches.
Un gánster entra a un restaurante de Macao. La cámara recorre el lugar y uno va viendo los detalles: una inmensa cúpula de vidrio, mesas con manteles y sillas blancas, en el fondo de la escena un árbol inmenso y oscuro cubierto con luces diminutas, paredes de vidrio. Una guardia de corps se desparrama, en cuidada coreografía, para presenciar y proteger el encuentro entre los negociadores de dos bandas. Uno de ellos es viejo y ha llegado de China. El otro, mucho más joven, es de Macao pero responde a un jefe de Hong Kong. El diálogo es corto. El local no quiere perder el tiempo ni someterse a las reglas de un ritual que sin duda ignora. Pero en ese intercambio de frases hay dos líneas que marcan a fuego dos culturas, dos formas de entender los tiempos de la historia.
– ¿Quieres un vaso de Matheus?, pregunta el hombre mayor.
– Cualquier cosa menos un Chateau Lafite del ’82. Es una basura. Le contesta el joven y poco después comienzan los disparos.
La comparación encierra una provocación y una broma. El Mateus ofrecido en primer término es un vino rosado portugués, con un precio que no alcanza los 6 euros (el vino preferido de la Reina Isabel si queremos poner un ejemplo de consumidor) y el Chateau Lafite Rothschild – elaborado en Pauillac, al noroeste de Burdeos, sobre la margen izquierda del estuario del Gironda- es uno de los grandes vinos del mundo.
Así que la gente de Chateau Lafite cerró los ojos y respondió a la broma colocando el ideograma del número ocho por encima de la etiqueta en su cosecha del 2008. El ocho es para los chinos un número de suerte y como era de esperar la superstición atrajo la fortuna. Parker califico a la cosecha con 98 puntos (otro ocho) y el precio alcanzó el absurdo. Botellas que debían esperar años antes de ser descorchadas se ofrecían en miles de dólares y se agotaban.

Chateau 2008
La locura no termino ahí, la cosecha del año siguiente rozó la perfección (99 puntos dijo el gurú) y empezaron los problemas. La bodega estaba llena de botellas y los comerciantes bordeleses todavía especulaban con los saldos de la cosecha del 2005 que habían considerado espectacular. Por suerte los chinos ricos, millonarios por debajo de los 40 años, impulsados por los iconos repetidos en las películas realizadas en Hong Kong, seguían comprando a buen ritmo. Pero un producto fácil de vender y caro estimula algo que en ese país se realiza con enorme ingenio: la falsificación. Después de todo, para mezclar con Seven-Up no es necesario una maravilla.
La cosecha del 2010 volvió a acariciar el absoluto (otros 99) e hizo crujir el edificio completo. Las cosas comenzaron a desencajarse mientras la crisis financiera estaba en su peor momento.
Es probable que esta elevación sustancial de los precios en los últimos años, ese desajuste entre apetencia y oferta que decía Marx, no sea beneficiosa para la bodega de Burdeos. La deja en manos de pocos jugadores, con precios muy elevados y difíciles de sostener. Quizás la próxima vez haya que aceptar la copa del mediocre Matheus y evitar la balacera o los 99 puntos de Parker que son, a todas luces, un peor presagio que un 98.

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