Sopa

Sopa


Desde chico una de mis sopas preferidas ha sido la “Sopa de Verduras”. Podría decir, como está de moda, que hago la misma receta que con gran amor y dedicación me hacía mi abuela o mi mamá, pero no sería del todo exacto. Mi madre pensaba que cocinar era una pérdida de tiempo y siempre se las ingenió para que quien nos cuidaba a mi hermana y a mi, cocinara. Mi abuela, si bien cocinaba rico, jamás hacia sopa porque a mi abuelo no le gustaban; a lo sumo hacía un aburrido Consomé, porque era de la escuela que sostenía que las mujeres no comían de noche.
De niño me cuidaba la Lucía, una mujer grandota de pollera amplia, trenza gruesa y dientes enfundados en oro. Dicen que me sentaba en una silla alta, al lado de ella, mientras cocinaba. Para entretenerme, me daba para jugar un pedazo de cebolla, morrones o lo que estuviera picando: “pa que me vaya acostumbrando a todos los gustos” decía. Mi vieja siempre cuenta que la primera vez que me vio de bebé chupando un pedazo de cebolla, al lado de la Lucia, tuvo el impulso de decirle que no me dieran esas “cosas”; por suerte mi tata la frenó.
La Lucia cortaba todas las verduras en cubitos milimétricamente iguales y hacia una sopa bien pulsuda, que con un plato hondo quedabas quieto. Eso sí, le poníamos pedacitos de queso de cabra o cuartirolo y un par de dados de manteca.
De grande fue una de las primeras sopas que intenté hacer, nada complicada por cierto. Lo difícil era reproducir un sabor que solo estaba en mis recuerdos. En esa época vivía con el gordo Jaimito, un amigo de la infancia que hace diez años no veo porque un día se enojó, pero ese es otro tema. El punto es que cuando uno comienza a cocinar desde joven,  piensa que más es mejor y nunca lograba “ese” sabor que buscaba.
De grande me volví más despojado al cocinar y de a poco fui encontrando ese sabor. Un chorro de vino blanco al comenzar era fundamental y concluí que dorar los vegetales al comienzo no era lo mejor ya que quedaba muy pesada para lo que buscaba, no era la idea. Verduras duras primero, un buen caldo de pollo, vino blanco, hoja de laurel envolviendo unas de tomillo, pimienta, nuez moscada, un diente de ajo entero y una rama de apio fueron la base. Las verduras blandas después, sal gruesa si pide y los marlos de choclo hirviendo junto a las verduras para extraerle todo ese sabor dulzón.  El agregado de pollo y salvia, es de los últimos años, cuando pasé los 100 kilos y necesitaba algo más contundente.

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