Epitafio: Viajero que pasas por aquí

Epitafio: Viajero que pasas por aquí


“La buena medida” queda en la Boca, en el cruce de Suárez con Caboto. En la ficción cinematográfica fue el “el bar del Turco”, el aguantadero que comandaba el inolvidable René Lavand en “Un oso Rojo”, la película de Adrián Caetano.
Al fondo, casi escapando de la vista del respetable, hay una parrilla alimentada a carbón. La carta ofrece, además de carnes asadas, algunos platos sin pretensiones junto a otros que recuerdan que aquí cerca funcionaba un puerto en donde convivían italianos llegados desde el norte, antes del Resurgimiento, y desde el centro o el sur años más tarde.


Los “strachinate” (orecchiette) al tuco y pesto forman parte de la carta del restaurante desde la noche de los tiempos. Una combinación que reúne una pasta hecha en la Apulia, en el taco de la bota, con una salsa característica de Génova a casi 1.000 kilómetros de distancia. Es casi seguro que esa mezcla se realizó en el vecindario, a partir de la convivencia entre inmigrantes de las dos regiones. La “contaminación” es una de las singularidades de la cocina de los inmigrantes llegados a Argentina. La mezcla de tradiciones distintas, que en Italia hubieran merecido la excomunión y condenas al fuego eterno, aquí se aceptan con fuerza de dogma, como si fueran parte de una verdad revelada: pastas con estofado, albóndigas con puré, milanesas, los strachinate antes mencionados, arroz con calamares, flan y algunos otros platos junto a contundentes sándwich de mortadela. Cocina muy simple, de sabores bastardos, sin ensamblajes ni pretensiones místicas. Aquí no conocen el balsámico reducido o las florcitas comestibles que hacen poner los ojos en blanco a tantos cursis.


A partir de 1905, el año de su fundación, las puertas del local se abrían a las 5 de la mañana para esperar a los trabajadores que se acodaban en la barra para colocarse una grapa entre pecho y espalda. El lugar siguió funcionando a pleno hasta principio de los ’80. El cierre del puerto, con la desocupación correspondiente, cambió el perfil de los habitantes del barrio. La construcción de la autopista que como una herida lleva en dirección a La Plata degradó definitivamente el perfil del vecindario que espera por un proceso de gentrificación que no llega.
Estuve hace poco en “La buena medida”, había poca gente y no quedaba ninguno de esos muchachos pesados dispuestos dar la vida por una cerveza helada y la amistad del personaje que encarnaba el gran René Lavand, en una de las mejores películas del cine argentino. Tampoco estaba la mesa de billar, ni el azul neón que brillaba en la película cubriendo la barra del bar, la tapa de alguna mesa, la etiqueta de la cerveza y la camisa del mago. El azul anunciando tranquilidad, el tono vibrante advirtiendo de la fragilidad del momento.


Desde la vereda de enfrente al bar una colección de perros flacos y algunas casas de chapa que bordean la plaza Solís vigilan con desidia al bodegón. Se intuye que la zona es poco bondadosa y el propietario de “La buena medida”, un nombre que podría dar título a una novela de Sandor Marai, se muestran prudentes y solo atienden hasta primeras horas de la tarde, antes que las sombras se apoderen de este rincón del barrio.


Tony Schiavone, patrón y capitán en La Buena Medida, abre la boca y recuerda otra época, sin duda mitológica, en que el puerto iluminaba las noches y la gente circulaba con alegría porque “trabajando medio día te alcanzaba para tener un presente y quizás un futuro porque la plata tenía valor”.
Hoy el bar arrastra sus últimos días y, aunque Tony se resiste y no deja de soñar, los números no cierran. “Nos vino un disparate de agua, los cuentas se juntan pero no podemos pagarlas”.


En una de las paredes del establecimiento un escueto pergamino anuncia que el lugar pertenece al grupo de los cafés notables de la ciudad. Uno más sobreviviendo a duras penas, uno más arrastrando como una cola de luto el recuerdo de días legendarios: “algunos días llegaron a venir más de 1000 personas”.
Falta en el comedor, es muy probable que ya sea tarde para el homenaje, un cartel y algunas fotos que expliquen lo que allí sucedió en una noche de ficción. Cuando al ritmo de una cumbia villera llegó el Oso, interpretado por Julio Chávez, dispuesto a arriesgarlo todo para cobrar una traición. La ficción como realidad para recrear el mundo desde el otro lado. La realidad limando los sueños y anunciando un final previsible que pronto será olvidado. Modern Times.

1 comentarios

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  1. 1
    Mario Sorsaburu.

    Tremendo y bello recuerdo y homenaje. Si me tocara irme, y la lectura al despedirme y en mi epitafio tuviera un pequeño acercamiento a esto tan bello que escribiste, me reiría feliz, completo, dónde me toque estar, por lo generosa que fue la vida conmigo. Terminas diciendo -Tiempos modernos- como resignación a tanta pérdida de las cosas sensibles que no se mensuran en metálico. Eso me lleva a Chaplin a mediados de los 30 , la gran depresión y la mirada atenta sobre lo que ya se veía, si bien poco, pero sobre todo lo que vendría; genial y visionario, nos dijo todo esto tres cuarto de siglo antes, y lamentablemente tenía razón, y de acuerdo a lo que vemos en el último lustro, peor todavía. Abrazo. Salute.

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